Hay sonidos que desaparecen apenas dejan de escucharse y otros que encuentran un lugar donde permanecer durante años, esperando un instante de descuido para regresar con la misma intensidad de la primera vez. Del llamado de aquella tarde casi no conservo las palabras. Cuando intento reconstruir la conversación, las frases aparecen incompletas, desordenadas, incapaces de explicar lo que estaba ocurriendo. Lo único que nunca perdió claridad fue el ruido del agua.
Al principio pensé que era un problema de la comunicación. El teléfono devolvía un murmullo confuso en el que se mezclaban voces, pasos apresurados y puertas que se abrían y se cerraban, hasta que poco a poco empecé a distinguir algo más: un sonido grave y constante que terminaba cubriéndolo todo. Tardé apenas unos segundos en comprender que aquello que escuchaba no era una interferencia, sino agua. Mucha agua.
Recién entonces alguien consiguió hacerse oír.
—Alfredo… se está inundando el hotel.
No recuerdo haber respondido de inmediato. Lo primero que hice fue mirar por la ventana, un gesto tan absurdo como inevitable. Del otro lado del vidrio el día transcurría con una tranquilidad desconcertante. La gente caminaba por la vereda, algunos autos esperaban el cambio del semáforo y el cielo no ofrecía ninguna señal que permitiera imaginar que, a más de dos mil kilómetros de distancia, el edificio que durante tantos años había recorrido todos los días atravesaba una de las situaciones más críticas de su historia.
Mi cabeza hizo lo que probablemente habría hecho la de cualquier gerente acostumbrado a resolver problemas: empezó a buscar una explicación antes que una solución. Pensé en una cañería rota, después en una pérdida del sistema de calefacción y, mientras seguía haciendo preguntas, recorría el hotel de memoria como si todavía pudiera caminar por sus pasillos. Entraba por el hall, cruzaba la recepción, subía la escalera y avanzaba por el corredor del segundo piso intentando descubrir, habitación por habitación, el lugar exacto donde todo había comenzado. Estaba convencido de que, si lograba entender qué se había roto, encontraría también la manera de detenerlo.
Del otro lado del teléfono nadie podía responderme. Cada pregunta quedaba suspendida entre nuevas voces, puertas que golpeaban y aquel ruido que parecía ocupar todos los espacios libres de la conversación. Durante unos minutos seguí creyendo que el problema estaba en algún lugar del techo, sin advertir que lo verdaderamente importante ya había dejado de ocurrir sobre los cielorrasos. Estaba sucediendo varios metros más abajo, entre personas que yo todavía no podía ver y decisiones que ya estaban siendo tomadas sin esperar mi intervención.
Aquellos primeros minutos fueron extraños porque las preguntas dejaron de servir. Cada vez que intentaba ordenar lo que sucedía, la realidad parecía avanzar más rápido que cualquier respuesta. Nadie podía detenerse a describirme la escena; bastante tenían con atravesarla. Durante años recordé aquella llamada como una sucesión caótica de voces y sonidos, aunque ahora pienso que no podía haber sido de otra manera cuando una parte del edificio empezaba a desarmarse delante de quienes intentaban sostenerlo.
Nunca logré reconstruir la escena completa. Todo lo que sé de aquellos minutos terminó llegando después, a través de conversaciones fragmentarias en las que cada persona conservaba una imagen diferente. Alguien recordaba el agua cayendo desde una luminaria como si el techo hubiera empezado a llover hacia adentro. Otro hablaba de una familia que había salido al pasillo con los chicos todavía envueltos en las frazadas. Había quienes aseguraban que, durante un rato, el estruendo fue tan intenso que costaba escucharse aun estando a pocos metros de distancia. Ningún relato alcanzaba a contener la totalidad de lo ocurrido, pero entre todos me permitieron imaginarla.
El agua había empezado a caer desde distintos puntos del segundo piso casi al mismo tiempo. Al principio alguien creyó que se trataba de una filtración aislada, pero bastó un instante para comprender que no era una gotera ni una pérdida menor. Los cielorrasos comenzaron a devolver el agua como si el techo hubiera decidido vaciarse de golpe sobre las habitaciones. Las alfombras dejaron de absorberla casi inmediatamente y el agua empezó a correr por los pasillos buscando el desnivel del piso, entrando en las habitaciones abiertas y deslizándose debajo de las puertas cerradas. En pocos minutos, dieciséis habitaciones quedaron comprometidas.
En momentos así los hoteles se parecen bastante a los barcos. Mientras todo permanece en calma, cada sector parece funcionar por separado y es fácil olvidar que todos forman parte de una misma estructura. Cuando aparece el agua, esas divisiones dejan de importar y el edificio entero parece convertirse en un único cuerpo que intenta mantenerse a flote.
Los huéspedes salieron al corredor sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo. Algunos miraban cómo el agua caía sobre las camas; otros intentaban apartar el equipaje o recoger la ropa que habían dejado preparada para el día siguiente. En medio de aquella confusión, las recepcionistas abandonaron el mostrador y comenzaron a trasladarlos hacia el primer piso. Una acompañaba a una pareja mayor por la escalera mientras otra buscaba en la pantalla las habitaciones que todavía podían ocuparse. Las llaves cambiaban de manos a medida que se liberaban espacios, y las explicaciones se daban mientras todos seguían moviéndose.
Nadie consiguió recordar después quién había sido el primero en dejar su tarea habitual para ayudar en otra parte. En algún momento, casi sin que nadie lo advirtiera, dejó de importar a qué sector pertenecía cada uno. Un mozo atravesó el corredor con un colchón apoyado sobre los hombros. Un cocinero bajó la escalera sosteniendo un televisor contra el pecho. De las habitaciones salían valijas abiertas, almohadas, prendas todavía colgadas de sus perchas y todo aquello que pudiera retirarse antes de que el agua lo alcanzara. Mientras unas mucamas preparaban los cuartos disponibles en el primer piso, otras extendían ropa blanca sobre los muebles y las alfombras para contener lo que todavía seguía cayendo.
Los relatos nunca coincidieron por completo. Algunos recordaban indicaciones dichas a los gritos y otros aseguraban que casi no había sido necesario hablar. Tal vez ambas cosas hayan ocurrido. Lo que nadie pudo precisar fue quién había organizado aquel movimiento o en qué momento cada uno comprendió dónde hacía falta una mano más. La emergencia había encontrado al hotel sin tiempo para reuniones, explicaciones ni instrucciones detalladas, y aun así las personas iban ocupando los lugares que quedaban vacíos a medida que la situación avanzaba.
Yo seguía sosteniendo el teléfono desde dos mil kilómetros de distancia. Del otro lado alcanzaba a escuchar puertas que se abrían, pedidos de toallas, pasos que iban y venían por los corredores y voces que apenas conseguían imponerse sobre el rumor constante del agua. Intentaba comprender qué parte del edificio estaba afectada, cuántos huéspedes debían ser trasladados y qué podía hacerse para detener aquello, aunque cada nueva pregunta parecía llegar tarde. Mientras yo buscaba una causa, en el hotel ya estaban trasladando huéspedes y retirando muebles y equipajes de las habitaciones.
Cada tanto volvía a preguntar lo mismo.
—¿Ya saben de dónde viene?
Todavía no.
La explicación llegó cuando el agua había dejado de caer y el hotel empezaba lentamente a recuperar su ritmo. Durante toda la tarde habíamos imaginado cañerías rotas, pérdidas en la calefacción y toda clase de desperfectos posibles. La causa terminó siendo mucho más extraña que cualquiera de nuestras hipótesis. Una combinación excepcional de nieve y viento había hecho que los copos entraran por los ductos de extracción del techo, donde permanecieron acumulados hasta que el calor del edificio comenzó a derretirlos. El agua encontró entonces el único camino disponible y terminó descargándose sobre los cielorrasos del segundo piso.
Tiempo después modificamos el diseño de aquellas chimeneas y el problema nunca volvió a repetirse. Durante algunos días se secaron alfombras, se revisaron instalaciones, se reemplazaron materiales y se trabajó para que las habitaciones pudieran ocuparse nuevamente. Poco a poco, el hotel volvió a parecerse al de antes. Los huéspedes continuaron sus viajes, las puertas volvieron a cerrarse y los pasillos recuperaron los sonidos habituales de las valijas y los carros de limpieza.
Durante mucho tiempo pensé que la explicación de aquella inundación era la parte más importante de la historia. Sin embargo, los años fueron haciendo su trabajo. Dejé de recordar la dirección del viento, el recorrido que hizo el agua dentro del techo y hasta el momento en que las habitaciones volvieron a ocuparse. En cambio, nunca desaparecieron las otras imágenes. No las vi aquella tarde; las fui reuniendo con los recuerdos de quienes estuvieron allí y, aun así, permanecen en mi memoria con mayor nitidez que la propia explicación de lo ocurrido. Cada vez que alguien vuelve a preguntarme por aquella inundación, lo primero que regresa es un teléfono sonando a más de dos mil kilómetros de distancia y la certeza, construida mucho después, de que mientras yo todavía intentaba comprender qué estaba ocurriendo, en el hotel los demás ya se ocupaban de aquello que tenían delante.
