Pieza editorial de la Conversación XV: ¿Qué hacemos cuando las señales cuentan historias diferentes?
Antes de ser elegido · Conversación XV

¿Qué hacemos cuando las señales cuentan historias diferentes?

Conversaciones sobre hotelería e inteligencia artificial

A la mañana siguiente volví a abrir la reseña que había dejado pendiente. Nada había cambiado desde la noche anterior. El huésped seguía contando que había llegado fuera del horario habitual y que coordinar el ingreso había resultado difícil; la política del hotel continuaba explicando que, con aviso previo, era posible organizar una recepción fuera de horario y las otras opiniones que habíamos encontrado seguían relatando experiencias compatibles con esa posibilidad. Todas las piezas permanecían exactamente donde las habíamos dejado. Lo único que ya no resultaba tan sencillo era seguir mirándolas como si necesariamente contaran una sola historia.

Durante unos minutos intenté decidir cuál debía creer. La pregunta parecía razonable, pero cuanto más la formulaba, menos útil resultaba. Nada obligaba a pensar que alguna de aquellas señales fuera falsa. El hotel podía haber recibido correctamente a varios huéspedes fuera de horario y haber tenido dificultades con otro; la política podía existir y, al mismo tiempo, no ejecutarse siempre de la misma manera. Incluso la experiencia negativa podía haber ocurrido exactamente como estaba narrada sin demostrar que el establecimiento hubiera dejado de ser flexible. La contradicción quizá no estuviera entre hechos incompatibles, sino entre resultados diferentes de una misma intención.

Hasta entonces habíamos utilizado la coherencia entre señales como una forma de aumentar nuestra confianza. Cuando políticas, decisiones y experiencias independientes conducían hacia una conclusión semejante, necesitábamos agregar menos de nuestra parte para sostenerla. Sin advertirlo, esa lógica había instalado otra expectativa: si la identidad era consistente, esperábamos que también lo fueran todas las experiencias que producía.

En teoría parecía razonable. Si comprender a la persona antes de decidir cómo atenderla formaba realmente parte de la manera de trabajar del hotel, lo esperable era encontrar rastros de esa lógica de manera recurrente. Sin embargo, un establecimiento no era una máquina que ejecutaba exactamente la misma respuesta cada vez que recibía una situación semejante. Había personas distintas, turnos diferentes, niveles de ocupación variables, pedidos que no se parecían entre sí, imprevistos, cansancio, errores y circunstancias que ninguna política podía anticipar completamente. Quizá, entonces, la pregunta no fuera si el hotel conseguía sostener siempre aquella característica, sino con qué frecuencia, bajo qué condiciones y hasta dónde era capaz de hacerlo.

Regresé a las reseñas positivas sobre llegadas tardías. Hasta ese momento las había leído principalmente por aquello que tenían en común; esta vez busqué las diferencias. Una correspondía a una pareja que había avisado varias horas antes. Otra mencionaba que el establecimiento conocía el horario del vuelo. En una tercera, el huésped explicaba que había mantenido contacto con recepción durante el trayecto. La experiencia negativa, en cambio, decía poco sobre lo ocurrido antes de la llegada. No aclaraba si había existido aviso previo, a qué hora había intentado comunicarse ni qué dificultad concreta había impedido coordinar el ingreso.

Resultaba tentador utilizar esas ausencias para explicar el problema. Si el huésped no había avisado, la contradicción prácticamente desaparecía; si había llegado mucho más tarde de lo acordado, la política quizá nunca había prometido resolver esa situación; si el hotel no había recibido el mensaje, incluso podía tratarse de una falla de comunicación más que de una falta de flexibilidad. Todas eran explicaciones perfectamente posibles. Ninguna, sin embargo, estaba contenida en la información que teníamos.

Volvía así, de una manera mucho más sutil, el mismo riesgo que habíamos intentado evitar durante las conversaciones anteriores: completar aquello que desconocíamos con la explicación que mejor protegiera la conclusión que ya preferíamos. No necesitábamos inventar un atributo extraordinario ni atribuir al hotel una capacidad inexistente; alcanzaba con llenar algunos espacios vacíos de manera plausible. Pero una explicación plausible seguía sin ser conocimiento.

Dejé entonces la reseña tal como estaba: una experiencia reciente, concreta en su resultado y todavía incompleta en sus causas. No necesitaba convertirla inmediatamente en una prueba de que el hotel era menos flexible de lo que creíamos, pero tampoco podía utilizar aquello que desconocíamos para reducir su importancia. Había buenas razones para pensar que el establecimiento podía adaptarse a determinadas llegadas fuera de horario y existía, al mismo tiempo, al menos una situación reciente en la que esa capacidad no había producido el resultado esperado. La contradicción seguía allí, aunque empezaba a cumplir una función diferente: en lugar de destruir nuestra interpretación, comenzaba a señalar qué parte de ella todavía no comprendíamos.

Decidí revisar otros atributos buscando el mismo fenómeno y no tardé demasiado en encontrarlo. La tranquilidad, que aparecía entre las características mejor respaldadas, convivía con algunas opiniones que mencionaban ruido. La atención personalizada tenía numerosos ejemplos concretos y, sin embargo, algún huésped describía una interacción percibida como distante. El desayuno recibía elogios frecuentes mientras otra persona consideraba limitada su variedad. Incluso habitaciones que la mayoría calificaba como cómodas aparecían ocasionalmente descriptas como pequeñas.

Si cada diferencia funcionara como una refutación, terminaríamos concluyendo que no podíamos saber prácticamente nada del establecimiento. Pero si consideráramos todo comentario discordante una excepción irrelevante, construiríamos una versión artificialmente ordenada del hotel. Ninguna de las dos lecturas parecía capaz de explicar aquello que realmente estaba sucediendo.

Fue una observación sobre el ruido la que permitió avanzar. Dos huéspedes podían alojarse durante la misma semana y vivir experiencias acústicas completamente distintas simplemente porque uno hubiera recibido una habitación orientada al jardín y otro una cercana a una zona de circulación. “El hotel es silencioso” podía resultar una formulación demasiado amplia no porque fuera necesariamente falsa, sino porque ocultaba condiciones que modificaban su cumplimiento.

La llegada tardía empezó entonces a parecerme un problema parecido. Tal vez no necesitábamos decidir si el hotel era flexible o no, sino comprender cuándo conseguía sostener esa flexibilidad y qué circunstancias hacían más probable que ocurriera. Aquello que llamábamos identidad perdía así parte de la uniformidad que inconscientemente le habíamos exigido, pero no por eso se volvía más débil. En cierto sentido, comenzaba a volverse más real.

Comprender a la persona antes de decidir cómo atenderla seguía pareciendo una buena descripción de la lógica que habíamos encontrado, aunque ya no podía tratarla como una garantía de resultado. Era una orientación capaz de organizar decisiones y producir comportamientos con suficiente recurrencia como para resultar reconocible. Entre esa orientación y cada experiencia concreta existía, sin embargo, una operación que debía convertirla en realidad, y esa ejecución podía variar o fallar.

Hasta entonces habíamos pensado la identidad principalmente como aquello que permitía explicar por qué decisiones diferentes del hotel parecían pertenecer al mismo lugar. Ahora empezaba a resultar evidente que reconocer esa lógica no era exactamente lo mismo que comprobar la capacidad del establecimiento para sostenerla de manera suficientemente consistente bajo circunstancias diferentes. Un hotel cuya identidad existiera solamente en sus intenciones difícilmente podría ser comprendido de esa manera desde afuera, pero tampoco resultaba razonable exigir que cada estadía individual fuera una reproducción perfecta de aquello que aspiraba a ser. El verdadero problema empezaba a aparecer en la distancia entre ambas cosas.

Volví a observar la fecha de la reseña. Era reciente y, por eso, tenía una importancia distinta de la que habría tenido una experiencia semejante ocurrida cinco años atrás, antes de cambios de equipo o de políticas. Busqué comentarios posteriores. Había pocos: uno relataba nuevamente una llegada tardía resuelta sin dificultades y otro no mencionaba el tema. No alcanzaban para resolver la cuestión, pero sí para impedir una conclusión demasiado rápida.

La recurrencia empezaba a importar de otra manera. Una experiencia discordante entre muchas compatibles podía corresponder a una circunstancia particular o al margen inevitable de variabilidad de una operación humana. Si comenzaba a repetirse en períodos cercanos, con huéspedes diferentes y situaciones comparables, la lectura necesariamente debía cambiar. En algún momento aquello que llamábamos excepción dejaría de ser una anomalía para convertirse en información sobre el patrón, aunque intentar establecer ese momento mediante un número fijo parecía poco razonable. Tres comentarios negativos no significaban lo mismo en un hotel con veinte reseñas que en otro con dos mil, como tampoco resultaba equivalente encontrar tres quejas genéricas a descubrir tres relatos recientes y específicos sobre exactamente la misma dificultad. Antes de convertirse en conclusión, la contradicción necesitaba contexto.

Comencé entonces a observar no solo cuántas señales discordantes aparecían, sino dónde y cuándo lo hacían. Podían concentrarse en determinadas habitaciones, turnos, temporadas o tipos de pedido; aparecer a partir de cierto momento o describir como un único problema situaciones que, miradas con mayor precisión, resultaban diferentes. También podían existir experiencias posteriores capaces de mostrar que algo había cambiado. Una reseña negativa dejaba así de ser únicamente una valoración que debía sumarse o restarse al conjunto y podía convertirse en una pregunta dirigida a la operación.

Si varios huéspedes mencionaban ruido en habitaciones de una misma zona, quizá el establecimiento no fuera simplemente “menos silencioso” de lo que pensábamos; podía existir una parte específica del edificio donde aquella característica necesitara ser formulada con mayor precisión. Si las dificultades con llegadas tardías aparecían solamente cuando no existía aviso previo, la flexibilidad seguía siendo reconocible dentro de determinadas condiciones. Si, en cambio, comenzaban a repetirse incluso cuando los huéspedes habían seguido exactamente el procedimiento indicado, la contradicción ya no estaría revelando un límite de la promesa, sino una distancia entre lo que el establecimiento decía poder hacer y aquello que su operación conseguía entregar.

Una misma señal discordante podía, por lo tanto, estar mostrando cosas bastante diferentes. Quizá habíamos formulado una característica con demasiada amplitud; quizá todavía no comprendíamos las condiciones bajo las cuales podía sostenerse; quizá, simplemente, el hotel había dejado de cumplir algo que continuaba afirmando sobre sí mismo. Cada posibilidad exigía una respuesta distinta: comprender mejor aquello que todavía desconocíamos, precisar lo que habíamos expresado de manera demasiado amplia o corregir una falla que la experiencia estaba haciendo visible.

Aquella secuencia era demasiado ordenada como para no resultar tentadora, pero todavía estábamos observando un solo establecimiento y preferí no convertirla en una regla. Por el momento alcanzaba con dejar de tratar la contradicción como ruido que debía eliminarse para preservar una historia ordenada. Una identidad consistente quizá no fuera aquella capaz de conseguir que todas las señales dijeran siempre lo mismo, sino una suficientemente real como para reconocer sus condiciones, aprender de sus fallas y corregir aquellas distancias que empezaban a repetirse.

Volví entonces a la reseña con la que habíamos comenzado. Si trabajara en aquel hotel, ya no querría responder primero si el comentario era justo o injusto. Querría saber qué había ocurrido. Buscaría la reserva, el horario, los mensajes, quién estaba de turno, qué información había recibido el huésped y en qué momento la coordinación había dejado de funcionar, no para desacreditar su experiencia, sino porque aquella contradicción había señalado un lugar exacto donde nuestra comprensión del establecimiento y la experiencia de una persona habían dejado de coincidir.

Ese desplazamiento modificaba también la manera de pensar las reseñas. Durante años las habíamos observado principalmente como reputación: algo que mejoraba o empeoraba una puntuación, influía en la conversión y exigía una respuesta adecuada. Vistas desde la lógica que veníamos construyendo podían cumplir otra función. Las experiencias compatibles ayudaban a reconocer aquello que el hotel conseguía sostener; las discordantes mostraban dónde esa capacidad encontraba condiciones, variaciones o fallas. Ambas hablaban de la identidad, aunque lo hicieran desde lugares diferentes.

Pensé nuevamente en alguien que intentara recomendar el establecimiento sin haber estado nunca allí. Para esa persona, una contradicción sin resolver debía introducir prudencia. No necesariamente impedir una recomendación, pero sí hacerla más precisa. Quizá ya no correspondiera afirmar que el hotel siempre se adaptaba a las llegadas tardías, sino algo bastante más cercano a aquello que realmente podíamos sostener: el establecimiento contemplaba ingresos fuera de horario mediante coordinación previa y existían distintas experiencias positivas al respecto, aunque alguna dificultad reciente aconsejara confirmar el procedimiento.

La formulación resultaba menos atractiva que “atención personalizada”, pero era mucho más útil para tomar una decisión.

Durante buena parte del libro habíamos pensado que hacer comprensible al hotel consistía en ayudar a que aquello que lo hacía valioso pudiera reconocerse con mayor claridad. Ahora empezaba a entender que la comprensibilidad también exigía reconocer las condiciones bajo las cuales esas características podían sostenerse y los límites que modificaban su cumplimiento. Un establecimiento no se volvía más confiable porque consiguiéramos eliminar toda señal que complicara su historia, sino porque la lectura que podía construirse sobre él necesitaba cada vez menos correcciones cuando entraba en contacto con la experiencia real.

Eso significaba también aceptar que algunas contradicciones podían permanecer abiertas hasta contar con información suficiente; otras obligarían a precisar una afirmación; algunas revelarían una falla operativa y habría incluso diferencias que no hablarían tanto del establecimiento como de personas que valoraban de manera distinta una misma experiencia. Aquello que un huésped consideraba una habitación pequeña podía resultar perfectamente amplio para otro, del mismo modo que el silencio, la calidez o la variedad podían depender parcialmente de expectativas imposibles de uniformar.

Comprender una contradicción empezaba así a exigir algo sorprendentemente parecido a lo que habíamos descubierto sobre la hospitalidad: antes de decidir qué significaba, necesitábamos comprender la situación. La misma lógica que nos había llevado a mirar primero a la persona y después decidir cómo atenderla regresaba ahora aplicada a la información. Antes de extraer una conclusión necesitábamos entender de dónde provenía la señal, en qué circunstancias había aparecido y qué podía demostrar realmente.

Volví finalmente a la página principal. “Atención personalizada” seguía allí, exactamente como antes, y no se había vuelto falsa. Después de todo lo que habíamos observado, sin embargo, parecía demasiado pequeña para contener aquello que ahora sabíamos. Detrás de esas dos palabras existían decisiones, políticas, personas, experiencias recurrentes, condiciones bajo las cuales determinadas adaptaciones funcionaban y situaciones en las que no habían funcionado como esperábamos. La identidad seguía siendo reconocible; lo que empezábamos a abandonar era la necesidad de confundir reconocimiento con perfección.

Entonces apareció una dificultad diferente. Nosotros habíamos podido llegar hasta allí porque habíamos dedicado horas a reunir fuentes, comparar experiencias y buscar las condiciones que explicaban por qué señales aparentemente incompatibles podían coexistir. Pero buena parte de aquello que acabábamos de reconstruir quizá no estuviera realmente oculto para el hotel. Recepción probablemente sabía qué ocurría cuando alguien llegaba después de determinada hora. El equipo conocía qué habitaciones eran más silenciosas, qué pedidos podían adaptarse, cuáles requerían aviso previo y en qué situaciones una promesa general encontraba sus límites.

El problema era que todo ese conocimiento podía existir perfectamente dentro del establecimiento sin dejar rastros suficientes fuera de él. Si alguien necesitaba comprender el hotel antes de elegirlo, la pregunta empezaba entonces a desplazarse: ya no bastaba con saber qué información podía encontrar, sino cuánto de aquello que el hotel conocía sobre sí mismo seguía viviendo únicamente dentro de las personas que trabajaban allí.

Criterio de gestión

Una contradicción no invalida automáticamente una característica ni debería descartarse como una excepción incómoda. Puede revelar una circunstancia particular, una formulación demasiado amplia, condiciones que todavía no comprendimos o una distancia real entre aquello que el hotel intenta sostener y lo que su operación consigue entregar. Antes de decidir qué significa una señal discordante necesitamos observar el contexto en el que apareció, su recurrencia y su relación con experiencias comparables. La identidad no exige ausencia de variaciones, sino suficiente consistencia para seguir siendo reconocible y la capacidad de aprender de aquellas diferencias que revelan algo que todavía necesita ser comprendido, precisado o corregido.

El caso de estudio

En el hotel que venimos observando, la experiencia reciente que contradecía la aparente flexibilidad frente a llegadas tardías no eliminó las señales anteriores ni podía explicarse mediante información que no teníamos. Al compararla con otras señales discordantes empezamos a advertir que algunas podían depender de circunstancias, habitaciones o expectativas particulares, mientras otras revelaban condiciones o fallas de la operación. Dejamos entonces de preguntarnos qué señal debía ganar y empezamos a buscar qué necesitábamos conocer para comprender por qué experiencias aparentemente incompatibles podían convivir dentro de un mismo establecimiento.

Para pensar antes de seguir

Si una experiencia contradice aquello que tu hotel cree ser, ¿sabés reconocer si estás frente a una excepción, una condición que nunca hiciste explícita o una distancia que la operación todavía no consiguió corregir?

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