Capítulo VI

El restaurante que ya existía

A veces, el mayor descubrimiento no es crear algo nuevo, sino reconocer lo que siempre estuvo ahí.
Ilustración editorial del capítulo VI: El restaurante que ya existía

Todavía conservo aquella carpeta. Durante mucho tiempo pensé que guardaba el proyecto de un restaurante, aunque hoy sé que en realidad contenía algo mucho más difícil de ordenar. Entre sus hojas convivían fotografías tomadas en ciudades distintas, páginas arrancadas de una libreta, dibujos hechos mientras esperaba un vuelo, recortes de revistas y pequeñas anotaciones escritas con apuro al pie de una escalera, sobre la mesa de un aeropuerto o durante alguna cena de trabajo. En muchas de ellas apenas aparecía una palabra: una barra, una lámpara, una moldura de madera, la forma en que una biblioteca dividía un salón o la manera en que la luz caía sobre una mesa al final de la tarde. Vistas por separado parecían observaciones sin demasiada importancia. Sólo muchos años después comprendí que todas estaban describiendo, sin saberlo, el mismo lugar.

Durante mucho tiempo creí que la carpeta había empezado a llenarse cuando imaginé por primera vez aquel proyecto. Los años terminaron enseñándome que ocurría exactamente al revés. El proyecto había comenzado mucho antes, aunque entonces yo todavía no fuera capaz de reconocerlo. Cada vez que intento encontrar su verdadero origen, la memoria nunca regresa a un hotel ni a una reunión de trabajo. Vuelve, casi con la misma claridad de aquellos años, a un colegio de Belgrano R y a los mediodías en que, entre un turno y otro de clases, caminaba apenas unas cuadras para almorzar en un pequeño restaurante irlandés llamado Down Town Matías. En ese momento era simplemente el lugar donde me gustaba estar. Me atraía la calidez de la madera, la barra, la música que acompañaba las conversaciones sin imponerse a ellas y esa atmósfera difícil de describir que tienen algunos espacios capaces de hacer que uno permanezca un rato más del que había pensado.

Con los años comprendí que, en realidad, nunca me había ido de aquel restaurante. Me acompañó durante mucho tiempo de una manera casi imperceptible y cada viaje empezó a convertirse, sin que yo lo buscara, en una oportunidad para volver a encontrarlo bajo otras formas. Entraba a un restaurante para almorzar o cenar y terminaba observando una lámpara cuya luz transformaba por completo el ambiente, una barra construida con una proporción distinta, una moldura, una biblioteca, la textura de una pared o la distancia exacta entre las mesas. A veces alcanzaba con una fotografía; otras, con una palabra escrita apresuradamente en cualquier papel que tuviera a mano. Nunca intenté copiar ninguno de esos lugares. Lo que buscaba conservar era la emoción que me producían, con la esperanza, todavía indefinida, de comprender por qué ciertos espacios consiguen quedarse viviendo en la memoria mucho después de haberlos abandonado.

Así, casi sin advertirlo, la carpeta fue convirtiéndose en algo muy distinto de un proyecto. Era el lugar donde empezaban a encontrarse recuerdos de ciudades diferentes que, en apariencia, no tenían ninguna relación entre sí. Cada vez que volvía a abrirla descubría que aquellas imágenes dispersas comenzaban lentamente a reconocerse unas a otras, como si hubieran estado esperando ese momento desde hacía años. Mucho antes de encontrar el edificio donde algún día nacería Munster, ya había empezado a construirlo en la memoria.

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