Durante aquellas reuniones había defendido el proyecto con números, argumentos y proyecciones, aunque hubo un momento en que comprendí que ninguna planilla iba a conseguir expresar hasta dónde estaba dispuesto a llevar aquella convicción. Recuerdo haber dicho que, si el problema era la inversión, vendería mis vehículos y pondría el dinero yo mismo. No sé si alguien alrededor de la mesa creyó que hablaba en serio. Yo sí lo hacía. Para entonces el restaurante había dejado de ser una posibilidad que podía volver a guardarse dentro de una carpeta. Después de tantos años imaginándolo y de tantas semanas observando cómo el hotel empezaba a sentir los efectos de una ciudad que cambiaba, había llegado a un punto en el que me resultaba más difícil renunciar a intentarlo que asumir el riesgo de equivocarme.
La propuesta modificó el tono de la conversación. Hasta entonces discutíamos qué debía hacer la empresa; a partir de ese momento también empezábamos a discutir qué estaba dispuesto a hacer yo. La alternativa que terminó tomando forma tenía algo de ambas cosas. Si el restaurante conseguía abrir, dejaría de ser empleado para asumir personalmente su explotación mediante un acuerdo que debía formalizarse después. El personal pasaría a depender de mí, al igual que los costos, los riesgos y las obligaciones de una operación cuya viabilidad todavía era imposible demostrar. Visto muchos años más tarde, podría parecer una decisión temeraria. En aquel momento me pareció simplemente coherente con todo lo que llevaba tanto tiempo defendiendo.
Conseguir la aprobación, de todos modos, fue apenas el comienzo. En una carpeta los restaurantes se construyen con una velocidad extraordinaria. Una fotografía puede colocarse junto a otra, una barra puede cambiar de tamaño con un trazo y una lámpara encuentra su lugar apenas moviendo el lápiz unos centímetros. Los edificios tienen otra paciencia. Allí estaban los metros cuadrados disponibles en una esquina del hotel, parcialmente en obra, esperando desde hacía tiempo una definición. Cada vez que entraba intentaba superponer sobre aquellas paredes desnudas las imágenes que había reunido durante años. Algunas funcionaban inmediatamente; otras, que parecían perfectas en una fotografía tomada a miles de kilómetros, resultaban completamente ajenas cuando intentaba trasladarlas a Comodoro Rivadavia.
Ese fue probablemente el momento en que el restaurante empezó realmente a convertirse en Munster. Comprendí que no alcanzaba con reproducir aquello que me había gustado en otros lugares, porque el espacio debía pertenecer a la ciudad en la que iba a vivir. Belgrano R podía seguir estando en la memoria, la tradición irlandesa podía darle una identidad y cientos de restaurantes podían aportar detalles, pero ninguno de ellos conocía a las personas que algún día ocuparían nuestras mesas. El desafío consistía en tomar todas aquellas referencias y conseguir que dejaran de parecer referencias.
La construcción avanzó como avanzan muchos proyectos cuando los recursos son escasos: de manera irregular. Hubo períodos en los que parecía que todo empezaba finalmente a tomar forma y otros en los que una compra que no podía hacerse, un presupuesto que había aumentado o una decisión pendiente detenían durante semanas lo que habíamos conseguido avanzar. Aprendí a mirar aquella obra con una paciencia que nunca había tenido. Cada mejora dejaba inmediatamente al descubierto la siguiente necesidad. Cuando terminábamos una pared, empezábamos a pensar en la iluminación; cuando aparecía la barra, descubríamos que el salón todavía no tenía la calidez que habíamos imaginado; cuando finalmente encontrábamos un mueble, surgía la pregunta de si realmente pertenecía al lugar o simplemente nos gustaba.
Hubo momentos en los que la distancia entre aquella carpeta y lo que teníamos delante pareció enorme. Sin embargo, de vez en cuando aparecía un detalle que reducía todos esos años a unos pocos segundos. Una madera encontraba finalmente el tono correcto, una luz encendida al final de la tarde conseguía producir exactamente la atmósfera que había imaginado o la barra empezaba, por primera vez, a parecerse menos a una estructura recién construida y más a un lugar alrededor del cual alguien podría querer quedarse conversando. Entonces volvía a reconocer algo que había visto muchos años antes sin saber para qué lo estaba mirando.
Mientras tanto, el hotel continuaba funcionando y la crisis seguía su curso. Las ocupaciones bajaban, las empresas ajustaban sus gastos y aquella decisión que al principio había parecido demasiado arriesgada comenzaba a adquirir otra dimensión. Ya no discutíamos únicamente sobre cómo abrir un restaurante. Cada paso que conseguíamos dar acercaba la posibilidad de generar una actividad que no dependiera de una reserva aérea, de una capacitación empresarial o de la autorización de viaje de una compañía petrolera. Por primera vez en muchos años intentábamos construir una fuente de movimiento cuyo origen estuviera a pocas cuadras del hotel.
Cuando la apertura empezó finalmente a parecer posible apareció una preocupación que durante todo el proceso había permanecido en segundo plano. Podíamos haber elegido bien las maderas, diseñado una buena barra, preparado una carta extensa y conseguido que la iluminación se pareciera a aquello que durante años había imaginado. Nada de eso garantizaba que alguien quisiera entrar.
El día de la apertura recuerdo haber recorrido el salón muchas veces más de las necesarias. Acomodaba una silla que probablemente ya estaba bien, observaba una mesa, volvía hacia la barra y preguntaba por cuestiones que seguramente habían sido revisadas varias veces. El equipo conocía sus tareas y la cocina estaba preparada. No había nada útil que pudiera hacer y, sin embargo, me resultaba imposible quedarme quieto. Después de tantos años pensando en el lugar, había llegado el momento en que dejaba de pertenecernos.
Las primeras personas entraron con esa naturalidad casi decepcionante con la que suelen ocurrir los momentos que uno imaginó durante demasiado tiempo. Nadie se detuvo en la puerta para anunciar que algo importante acababa de suceder. Simplemente llegaron, preguntaron por una mesa y se sentaron. Después entró otra pareja, más tarde una familia y, poco a poco, el salón empezó a adquirir un sonido que hasta entonces sólo había existido en mi cabeza. Las conversaciones se mezclaron con la música, comenzaron a salir los primeros platos y detrás de la barra apareció ese movimiento desordenado y al mismo tiempo preciso que tienen los lugares cuando empiezan a llenarse de vida.
Durante un rato me quedé observando desde un extremo del salón. Había personas que no conocía. Ninguna tenía una habitación reservada. No habían llegado desde el aeropuerto ni estaban allí porque alguna empresa hubiera contratado nuestros servicios. Habían salido de sus casas y elegido entrar.
Fue entonces cuando recordé, sin proponérmelo, aquellas caminatas por Comodoro y la pregunta que durante tanto tiempo me había acompañado. Durante años mi trabajo había consistido en conseguir que viajeros de otras ciudades eligieran nuestro hotel. Aquella noche, por primera vez, la dirección del movimiento se había invertido. La ciudad había entrado.
Los meses siguientes terminaron de confirmar algo que aquella primera noche apenas permitía intuir. Munster comenzó a construir una identidad propia y personas que nunca habían tenido motivos para ingresar al hotel empezaron a hacerlo para cenar, encontrarse con amigos o compartir una noche en familia. El restaurante generaba ingresos, pero también producía algo que ningún presupuesto inicial había conseguido anticipar por completo: extendía la vida del hotel más allá de sus habitaciones. Cuando la actividad petrolera comenzó lentamente a recuperarse y los viajeros corporativos regresaron, encontraron un hotel diferente al que habían dejado. Ya no sólo tenía huéspedes. También tenía una parte de la ciudad viviendo dentro de él.
El acuerdo que habíamos imaginado antes de la apertura nunca terminó formalizándose del modo previsto. El éxito del restaurante modificó las circunstancias y yo continué desempeñando mi función dentro de la empresa mientras Munster crecía integrado a la operación. Durante mucho tiempo pensé en aquello desde la lógica de los contratos que no llegaron a firmarse y de los caminos profesionales que podrían haber sido distintos. Con los años fui dejando de hacerlo. Cuando vuelvo a esos días, lo que permanece no es un documento ni una estructura societaria. Es aquella primera noche.
Todavía puedo imaginarme parado a un costado del salón, mirando personas que conversaban alrededor de mesas que durante años no habían existido más que en fotografías, anotaciones y recuerdos. Algunas lámparas provenían de ideas recogidas en viajes; la madera remitía inevitablemente a aquel restaurante de Belgrano R; otros detalles habían cambiado tantas veces durante la construcción que ya no podría recordar su origen. Todo lo que alguna vez había estado separado empezaba a convivir finalmente dentro del mismo lugar.
Muchos años antes, un estudiante había caminado desde un colegio irlandés hasta un restaurante cercano sin sospechar que estaba guardando la primera imagen de algo que todavía no sabía nombrar. Después vinieron los viajes, la carpeta, la ciudad, una crisis, discusiones alrededor de una mesa y una obra que parecía no terminar nunca. Ninguno de esos momentos había sido suficiente por sí solo para crear Munster. Tal vez por eso, cuando finalmente abrió sus puertas, no sentí que estuviera inaugurando algo nuevo. Mientras miraba el salón lleno por primera vez, tuve más bien la extraña sensación de estar reconociendo un lugar al que llevaba muchos años intentando llegar.
