Pieza editorial de la Conversación XVIII: Lo que sabemos tiene que dejar rastros
Antes de ser elegido · Conversación XVIII

Lo que sabemos tiene que dejar rastros

Conversaciones sobre hotelería e inteligencia artificial

La última pregunta había vuelto a colocarnos del otro lado de la puerta. Durante las conversaciones anteriores habíamos entrado cada vez más profundamente en el hotel, intentando descubrir dónde vivía aquello que la operación sabía y qué debía ocurrir para que ese conocimiento no dependiera exclusivamente de las personas que lo habían adquirido. Pero el futuro huésped no podía acompañarnos en ese recorrido. Para él, todo ese conocimiento seguiría siendo invisible mientras no dejara alguna señal fuera del establecimiento.

Un hotel podía saber perfectamente que determinadas habitaciones resultaban más adecuadas para alguien especialmente sensible al ruido, que una llegada fuera del horario habitual podía coordinarse bajo ciertas condiciones o que algunas necesidades alimentarias podían resolverse si se conocían con suficiente anticipación. Ese conocimiento podía estar bien distribuido entre recepción, reservas y gastronomía, formar parte de la experiencia del equipo e incluso orientar decisiones de manera consistente. Nada de eso significaba, sin embargo, que alguien pudiera descubrirlo antes de reservar.

Volví entonces a imaginar a una persona buscando hotel, aunque esta vez la escena era ligeramente distinta de aquella con la que habíamos comenzado nuestro recorrido. Ya no necesariamente recorría una lista de establecimientos abriendo páginas una detrás de otra. Podía formular una pregunta bastante más parecida a la necesidad que realmente intentaba resolver: buscaba un hotel tranquilo para viajar con su madre, que dormía liviano; su vuelo llegaría tarde y necesitaba saber si podrían ingresar después del horario habitual; además, sería importante que el desayuno pudiera adaptarse a una restricción alimentaria.

No estaba buscando simplemente una suma de servicios. Estaba describiendo una situación, y esa diferencia otorgaba otro sentido a buena parte de aquello que habíamos trabajado durante tantas conversaciones. Para responder una pregunta semejante no alcanzaba con saber que el establecimiento tenía habitaciones, desayuno, recepción o determinada categoría. Había que comprender si algunas características concretas del hotel podían relacionarse razonablemente con las necesidades de esa persona.

Un recepcionista experimentado probablemente habría sabido mantener esa conversación. Preguntaría qué significaba exactamente “tranquilo”, conocería el horario previsto de llegada, averiguaría la restricción alimentaria y explicaría qué podía hacerse, bajo qué condiciones y qué convenía coordinar previamente. No respondería solamente desde una lista de servicios; utilizaría conocimiento del hotel para interpretar una situación. Antes de la llegada, sin embargo, esa misma conversación podía estar ocurriendo sin que nadie del establecimiento participara en ella.

Un buscador, una plataforma de viajes o un sistema de inteligencia artificial podía intentar responder utilizando aquello que encontrara disponible: la página del hotel, sus políticas, fotografías, perfiles comerciales, reseñas, publicaciones, información de terceros y cualquier otra señal suficientemente accesible. Podía relacionarlas, encontrar coincidencias e incluso reconstruir una imagen bastante razonable del establecimiento. Lo habíamos hecho nosotros mismos durante buena parte de este recorrido. Pero ninguno de esos sistemas podía consultar aquello que permanecía únicamente en la memoria de quien conocía mejor las habitaciones, en la experiencia de quien coordinaba las llegadas tardías o en lo que gastronomía había aprendido después de atender durante años determinadas necesidades.

El problema ya no era solamente que el hotel supiera algo y el huésped no. Entre ambos podían intervenir también sistemas capaces de participar de la elección y cuya posibilidad de comprender al establecimiento dependía, necesariamente, de aquello que pudiera encontrarse fuera de él.

Aquello me hizo volver a una tentación que habíamos encontrado antes: pensar que la solución consistía simplemente en producir más información. Si queríamos ser comprendidos, parecía razonable explicar más cosas, describir más servicios, publicar más contenidos y conseguir que todo aquello que sabíamos estuviera disponible en algún lugar. Sin embargo, un hotel podía llenar Internet de información y seguir siendo difícil de comprender.

Ya habíamos visto algo semejante al comienzo del libro. Habitaciones, desayuno, ubicación, Wi-Fi, estacionamiento, vistas, gastronomía y servicio podían ser datos verdaderos y, aun así, no explicar con suficiente precisión qué clase de experiencia construían juntos ni para quién podían resultar especialmente valiosos. Ahora aparecía el mismo problema desde otra dirección: hacer visible conocimiento interno no podía consistir en volcarlo indiscriminadamente hacia afuera.

Ningún futuro huésped necesitaba conocer el procedimiento utilizado por recepción para organizar una llegada fuera de horario, las conversaciones internas que permitían decidir qué habitaciones convenían frente a ciertas preferencias o la manera en que cocina y salón coordinaban una adaptación particular. Lo que necesitaba saber era mucho más concreto: si llegaba tarde, si podría ingresar; si valoraba especialmente el silencio, si existían diferencias entre habitaciones que convenía considerar; si tenía una restricción alimentaria, si el hotel podía atenderla y necesitaba conocerla con anticipación. Las respuestas podían depender de bastante conocimiento operativo, pero aquello que debía hacerse comprensible afuera podía ser mucho más sencillo que todo lo necesario para producirlas.

Empecé entonces a distinguir entre explicar la operación y hacer comprensible aquello que la operación había aprendido. Una política podía decir que las llegadas posteriores a determinado horario requerían coordinación previa. Esa frase no explicaba cómo se organizaba internamente la recepción, pero permitía comprender una condición relevante antes de elegir. Una descripción precisa de las habitaciones podía ayudar a reconocer determinadas diferencias sin revelar los criterios internos utilizados para asignarlas. Una indicación clara sobre necesidades alimentarias podía explicar qué era posible y cuándo debía informarse sin convertir la página del desayuno en un procedimiento de cocina.

Aquello que el hotel sabía podía transformarse así en una señal sin convertirse en un manual, aunque no todas las señales permitieran comprender con la misma precisión. Recordé entonces lo que habíamos descubierto cuando intentábamos decidir cuándo una señal merecía confianza: una afirmación repetida en muchos lugares podía seguir teniendo un único origen; una frase general podía sonar convincente y exigir, sin embargo, demasiadas suposiciones para relacionarla con una necesidad concreta; una política antigua podía haber dejado de describir la operación actual; una reseña detallada podía acercarnos mucho a una experiencia y seguir siendo, al mismo tiempo, la experiencia de una sola persona.

En aquel momento habíamos observado el problema desde afuera y nos preguntábamos cuánto podíamos confiar en aquello que encontrábamos. Ahora podíamos formular la pregunta inversa: si el hotel conocía una realidad importante sobre sí mismo, ¿qué rastro debía dejar para que alguien pudiera comprenderla sin completar innecesariamente aquello que faltaba?

La respuesta difícilmente estuviera en encontrar una frase más atractiva. “Servicio personalizado” podía expresar una intención, pero decía muy poco frente a alguien que necesitaba saber si su llegada a las once de la noche podía coordinarse. “Nos adaptamos a cada huésped” podía sonar todavía mejor y, sin embargo, no permitía conocer qué adaptación era posible, bajo qué condiciones ni con cuánto tiempo de anticipación debía solicitarse. Una formulación bastante menos espectacular —“Si tu llegada está prevista fuera del horario habitual, avisanos con anticipación para coordinar tu recepción”— podía resultar mucho más útil porque no prometía flexibilidad ilimitada y acercaba la señal al hecho que alguien necesitaba comprender.

Cuanto menor fuera la distancia entre aquello que el hotel sabía y aquello que afirmaba, menos interpretación necesitaba agregar quien intentara comprenderlo. Esa precisión importaba también cuando la elección estaba mediada por una inteligencia artificial. Un sistema podía relacionar información dispersa, comparar fuentes e inferir que determinadas características volvían probablemente adecuado un hotel para cierto viajero. Pero cuanto más dependiera esa conclusión de expresiones generales, condiciones ausentes o afirmaciones cuya vigencia debía suponerse, más frágil se volvía la recomendación. La inteligencia artificial podía ampliar enormemente la capacidad de relacionar señales; no podía convertir una señal imprecisa en evidencia precisa sin agregar interpretación.

La responsabilidad seguía perteneciendo al establecimiento. Si una característica resultaba realmente importante para comprenderlo, el hotel necesitaba preguntarse si había dejado suficiente evidencia para que pudiera reconocerse sin exigir demasiados supuestos. No para convencer a una máquina ni para escribir pensando en un algoritmo, sino porque la misma precisión que ayudaba a una persona a elegir con mejores razones ayudaba también a cualquier sistema que intentara orientarla.

Eso tampoco significaba que todo conocimiento mereciera convertirse en una señal. Había cosas que debían permanecer dentro porque servían para operar, otras necesitaban circular entre personas porque ayudaban a decidir y algunas podían modificar directamente aquello que alguien necesitaba saber antes de elegir. La dificultad estaba en reconocer dónde se encontraba esa frontera.

Que una habitación tuviera una particularidad técnica conocida por mantenimiento probablemente no interesara a ningún futuro huésped. Pero si esa particularidad afectaba de manera consistente el descanso, la accesibilidad o alguna característica relevante de la experiencia, una parte de ese conocimiento podía necesitar llegar a reservas, modificar una descripción o influir en la manera de presentar las habitaciones. Algo semejante ocurría con una práctica aprendida por recepción: podía pertenecer exclusivamente al funcionamiento interno hasta que de ella dependiera el cumplimiento de una promesa pública bajo determinadas condiciones. En ese momento, esas condiciones dejaban de ser solamente operativas.

Hacer visible el conocimiento no consistía entonces en publicar todo lo que el hotel sabía, sino en reconocer qué parte de aquello que sabía podía cambiar una elección. Esa idea permitía mirar de otra manera las reseñas de los huéspedes. Durante varias conversaciones las habíamos utilizado para descubrir cosas que el hotel no decía de sí mismo. Ahora podían mostrarnos también dónde la información oficial continuaba dejando un vacío. Si distintos huéspedes mencionaban de manera recurrente una capacidad que la propia operación reconocía y sabía sostener, y esa capacidad podía resultar relevante para futuras decisiones, aparecía una pregunta distinta: ¿por qué alguien debía descubrirla únicamente después de alojarse?

Eso no significaba apropiarse de cada elogio y convertirlo en una promesa comercial. Una experiencia extraordinaria podía seguir siendo excepcional. Pero la memoria de los huéspedes podía revelar algo más que aquello que había ocurrido durante una estadía: podía señalar capacidades reales que el establecimiento todavía no había conseguido volver suficientemente comprensibles antes de la elección.

Volví entonces a aquella persona que buscaba un hotel tranquilo para viajar con su madre. Quizá el establecimiento que veníamos observando fuera realmente una opción excelente. Podía tener habitaciones especialmente adecuadas, experiencia coordinando llegadas tardías y capacidad para resolver determinadas restricciones alimentarias. El equipo podía saberlo perfectamente. Si nada de aquello dejaba señales suficientemente claras, sin embargo, la recomendación dependería de que alguien consiguiera reconstruirlo a partir de indicios dispersos.

Una inteligencia artificial podía encontrar varias reseñas, interpretar fotografías, relacionar políticas y detectar coincidencias que una persona quizá no habría tenido tiempo de buscar. Esa capacidad era nueva y no tenía sentido ignorarla, pero tampoco convenía convertirla en una obligación de adivinar. Cuanto más importante fuera una característica para explicar por qué determinado huésped podía encontrar allí una buena elección, menos razonable parecía dejar su comprensión librada exclusivamente a inferencias.

El hotel tampoco podía controlar todas las conclusiones que otros formularan sobre él. Las experiencias seguirían produciendo reseñas diferentes, los medios elegirían sus propios enfoques, las plataformas organizarían la información según sus criterios y los sistemas de inteligencia artificial construirían respuestas utilizando fuentes que el establecimiento no podía dirigir por completo. Lo que sí podía hacer era reducir la distancia entre aquello que realmente sabía de sí mismo y las señales que dejaba disponibles, ofreciendo referencias suficientemente claras, actuales y verificables alrededor de aquello que consideraba importante.

Durante años había pensado la comunicación principalmente como una manera de contar lo que el hotel ofrecía. Ahora empezaba a verla también como una decisión sobre qué parte del conocimiento de la operación necesitaba atravesar la puerta para ayudar a alguien que todavía no había llegado. Esa persona podía encontrar el rastro directamente —en una política, una descripción o una fotografía—, reconocerlo en experiencias de otros huéspedes o recibirlo después de que un sistema lo hubiera interpretado por ella. Los caminos eran diferentes, pero el problema de fondo seguía siendo el mismo.

La idea necesitaba, sin embargo, una precisión. No todo aquello que el hotel no dijera explícitamente quedaba necesariamente perdido. Los huéspedes podían contarlo, una fotografía podía revelarlo, una política demostrarlo indirectamente y distintas experiencias permitir reconstruirlo. Precisamente por eso habíamos pasado tantas conversaciones aprendiendo a leer señales. La cuestión no era conseguir que el hotel lo dijera todo, sino que aquello que realmente importaba pudiera ser descubierto sin exigir una cantidad innecesaria de interpretación.

Por eso la palabra rastro empezó a resultarme más adecuada que mensaje. Un mensaje supone que alguien decidió qué decir. Un rastro puede aparecer también en una política, una fotografía, una decisión operativa, una descripción precisa o la recurrencia de experiencias independientes. Algunos serían producidos deliberadamente y otros surgirían como consecuencia natural de aquello que el establecimiento hacía. Lo importante era que pudieran conducir razonablemente hacia la realidad que pretendíamos comprender.

Quizá la inteligencia artificial no cambiaba entonces la obligación fundamental del hotel tanto como la volvía más visible. Antes podía resultar suficiente aparecer frente a quien buscaba una categoría, una ubicación o un precio. Ahora una pregunta podía contener simultáneamente una persona, una circunstancia, varias necesidades y una expectativa. Cuanto más precisa fuera esa pregunta, más evidente se volvía la diferencia entre disponer de información y ser comprensible.

El hotel podía saber mucho sobre sí mismo y haber conseguido que ese conocimiento estuviera mejor distribuido dentro de la organización. Pero si aquello que podía cambiar una elección no dejaba rastros suficientemente claros, quien estaba afuera seguía teniendo que completar por su cuenta una parte demasiado grande de la historia.

Y entonces apareció una consecuencia que llevaba el problema un poco más lejos. Dejar un buen rastro una vez no garantizaba que siguiera siendo verdadero. Las habitaciones cambiaban, las políticas también; un servicio podía desaparecer, una capacidad nueva surgir, una restricción operativa modificarse y aquello que los huéspedes recordaban empezar a contar una historia distinta. Incluso el conocimiento del propio equipo podía evolucionar mientras la descripción pública permanecía intacta. El problema ya no sería solamente decidir qué parte de lo que el hotel sabía necesitaba hacerse visible, sino conseguir que esos rastros siguieran describiendo al hotel que realmente existía.

Criterio de gestión

No todo lo que un hotel sabe necesita hacerse público. Parte del conocimiento sirve para operar, otra parte debe circular entre quienes toman decisiones y alguna puede modificar directamente la elección de un futuro huésped. Esta última necesita dejar señales suficientemente claras, actuales y próximas a la realidad que describen. Hacer visible ese conocimiento no significa explicar procedimientos internos ni multiplicar mensajes, sino conseguir que aquello que una persona —o un sistema que intenta orientarla— puede comprender desde afuera se corresponda suficientemente con lo que el establecimiento realmente puede ofrecer.

El caso de estudio

En el hotel que venimos observando, la operación podía conocer con bastante precisión qué habitaciones resultaban más adecuadas frente a determinadas preferencias, bajo qué condiciones era posible coordinar una llegada fuera de horario o qué adaptaciones requerían aviso previo. Que ese conocimiento perteneciera al hotel no garantizaba que pudiera ser descubierto antes de reservar. El desafío pasaba ahora por reconocer cuáles de esas condiciones podían modificar una elección y qué rastros permitían hacerlas comprensibles sin convertir la comunicación en un manual de funcionamiento ni ampliar una capacidad concreta hasta transformarla en una promesa que la operación no pudiera sostener.

Para pensar antes de seguir

Si alguien necesitara comprender aquello que tu hotel sabe hacer especialmente bien, ¿encontraría rastros suficientes para descubrirlo sin tener que adivinarlo?

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